Ante la
inminente amenaza de tener que madurar, se aventó con todo su ser contra el
vidrio del gran ventanal de su habitación en un 8 piso en una de las antiguas
torres del centro. Decidió que en su descenso abriría los brazos para sentirse
un poco menos miserable, que no se aferraría a ninguna fe en el último momento,
que de corazón pediría perdón pero no en voz alta y que lo haría descalzo solo porque
era su placer.
¿Cuántos
años vividos de una existencia desperdiciada, que nunca quiso? ¿Y qué de todas
las oportunidades que se le dieron para ser feliz? ¿Qué pasaría con toda su
inteligencia, los premios ganados con sus publicaciones, con sus largas noches
de debates filosóficos? ¿Y los bienes materiales obtenidos durante este tiempo?
Nada de eso importaba ya, solo importaba que caía. Tampoco pensó en su familia,
ni en sus amigos, ni en la mujer que amó, ni en su perro, ni en sus estudiantes…
solo pensó en caer.
“Seguramente
su mujer lo abandonó” dirán, “No soportó la carga laboral” dirán, “Era un
adicto a las drogas y al alcohol” dirán, “Siempre fue un hombre raro” dirán, y
todos tendrán razón en cierta forma aunque nunca conozcan la verdad, que fue él
quien abandonó a su mujer (a ella nunca la amó), desde haces meses dejó de
hacer su trabajo y se limitaba a asignar tareas, no solo era adicto a las
drogas y el alcohol, ahora era lo único que lo acompañaba, nunca fue un hombre,
siempre fue un niño. Ya no tenía corazón, ya nada le dolía ni lo lastimaba, no sentía
el peso de sus anteriores depresiones, ni la adrenalina de sus ataques de ira, era
solo él con el peso de su cuerpo.
En cuestión
de segundos su cuerpo aceleró su caída y a pocos centímetros de llegar al suelo
se detuvo. Era ingrávido y ahora parecía tener la habilidad de volar; pero no
era así, solo flotaba pues ya no tenia encima el peso de sus culpas ni, de sus
temores.

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