martes, 31 de mayo de 2016

Ingrávido

Ante la inminente amenaza de tener que madurar, se aventó con todo su ser contra el vidrio del gran ventanal de su habitación en un 8 piso en una de las antiguas torres del centro. Decidió que en su descenso abriría los brazos para sentirse un poco menos miserable, que no se aferraría a ninguna fe en el último momento, que de corazón pediría perdón pero no en voz alta y que lo haría descalzo solo porque era su placer.

¿Cuántos años vividos de una existencia desperdiciada, que nunca quiso? ¿Y qué de todas las oportunidades que se le dieron para ser feliz? ¿Qué pasaría con toda su inteligencia, los premios ganados con sus publicaciones, con sus largas noches de debates filosóficos? ¿Y los bienes materiales obtenidos durante este tiempo? Nada de eso importaba ya, solo importaba que caía. Tampoco pensó en su familia, ni en sus amigos, ni en la mujer que amó, ni en su perro, ni en sus estudiantes… solo pensó en caer.

“Seguramente su mujer lo abandonó” dirán, “No soportó la carga laboral” dirán, “Era un adicto a las drogas y al alcohol” dirán, “Siempre fue un hombre raro” dirán, y todos tendrán razón en cierta forma aunque nunca conozcan la verdad, que fue él quien abandonó a su mujer (a ella nunca la amó), desde haces meses dejó de hacer su trabajo y se limitaba a asignar tareas, no solo era adicto a las drogas y el alcohol, ahora era lo único que lo acompañaba, nunca fue un hombre, siempre fue un niño. Ya no tenía corazón, ya nada le dolía ni lo lastimaba, no sentía el peso de sus anteriores depresiones, ni la adrenalina de sus ataques de ira, era solo él con el peso de su cuerpo.


En cuestión de segundos su cuerpo aceleró su caída y a pocos centímetros de llegar al suelo se detuvo. Era ingrávido y ahora parecía tener la habilidad de volar; pero no era así, solo flotaba pues ya no tenia encima el peso de sus culpas ni, de sus temores.

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