Es como un zumbido de libélulas en los dientes. Muevo mi cabeza para despejarlo, para sacarlo de donde está instalado hace ya unos segundos, pero no se va, se traslada a otras partes de mi cuerpo y hace que empiece a dar vueltas en la cama y a envolverme en mis sábanas intentando ahogar el zumbido. Viajó hasta mis ojos, me obligó a abrirlos y pestañear rápidamente para espantarlo, pero tampoco se fue, me hizo abrir los ojos.
Volvió a viajar esta vez a mi estomago y me recordó que desde hace 7 años ayuno aunque todos me dicen que el desayuno es la comida más importante del día, y con todas estos pensamientos en mi cabeza por primera vez me di cuenta que son los mismos años que llevo encerrada en mi pequeño mundo misantrópico y autista. Para terminar de levantarme el zumbido se quedo en mis pies, algo que siempre he identificado como el hormigueo resultante de una misma posición por mucho tiempo, me obligo a ponerme de pie y dar vueltas en mi habitación mientras el único lugar donde no llego el zumbido se despierta completamente, mi cerebro aun arrullado por mis placidos sueños.
Despertarme siempre es para mi una experiencia que procuro posponer hasta que sean mis propios sueños los que me indiquen que es hora de levantarme, por que poner los pies en el piso frío de mi habitación me hace recordar que mi corazón a mi corta edad ha tomado la misma temperatura de las baldosas que piso, y mis baldosas son corazones de personas como yo lo que estoy pisando es lo que queda de sus desgastados, rayados, barridos, trapeados, brillados, desinfectados pero fríos corazones. También por que hace 2 años duermo al revés, con los pies en la cabecera de mi cama, “de cabeza es como sueñan los murciélagos” me dijeron alguna vez. Todos los días me despierto de cabeza y sintiendo frío el corazón, y todo por un zumbido de libélulas en la mañana.
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